Camboya, Sudeste Asiático

Anverso y reverso (dos caras de la misma ciudad)

15 septiembre, 2015
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Siempre que tengo la oportunidad menciono lo maravilloso que me pareció Camboya, tal vez fue simplemente que superó mis expectativas, también pudo ocurrir que mis anécdotas de Siem Reap dejaron una huella imborrable.
Ya conocimos Angkor Wat, nos dejamos sorprender por sus templos, bajamos las revoluciones hasta calmarnos y pensar en el siguiente paso ¿Y ahora qué queremos descubrir? Pienso en las veces que planificamos cosas y nos salieron mal, así como momentos improvisados que nos alegraron el viaje. Me arrepiento de haber tomado la decisión de ir a visitar la “Floating Village” (pueblo flotante), pero luego lo pienso dos veces y no, hay errores que llevan a aciertos.

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A medida que el tuk tuk avanzaba nos alejábamos de la ciudad, las calles se volvían más difíciles de transitar, el paisaje de una zona rural se asomaba y me parecía hermoso. Pero a medida que avanzábamos (es un viaje de unos 20 minutos) comencé a ver las casas flotantes sobre el agua, que eran viviendas muy precarias en las que sus habitantes se vieron obligados a ingeniárselas para que sus hogares no se mojaran. En ese momento comencé a pensar ¿Para qué voy? No los puedo ayudar, si alguien me hubiera dicho lo que iba a visitar podría haber comprado algo… ¿Pero qué? No puedo ayudar a todas las familias, una bolsa de arroz no soluciona un problema de vivienda. Me parecía demasiado cruel seguir con el paseo.
Entre esos pensamientos llegamos y nos encontramos rodeados de turistas y colectivos de tours aramados. No podía creer cuando me decían que la entrada salía 20 dólares por persona. ¿Con la cantidad de turistas que visitan el lugar no alcanza para mejorar la condición de vida de estas personas? ¿Voy a pagar esta plata para ver un zoológico de gente? Si esa plata fuera donada a la comunidad la pago con gusto pero se nota que eso no les conviene, no quiero saber cuánta plata de esa entrada llega a los pueblos flotantes porque me horrorizaría. Me sentí muy mal, con mucha impotencia, sumergida en un sistema perverso. En la ciudad te quieren vender el tour de los pueblos flotantes muy contentos, como si fuera exótico y fascinante para el extranjero. Yo me odiaba a mi misma por haberme dejado llevar, por no saber qué hacer para ayudar, por encontrarme frente a frente con la realidad y sentirme tan insignificante. No puedo cambiar nada, en ese preciso momento no había nada que pudiera hacer. Le pedí regresar al tuk tuk y me dijo algo como “es muy caro sí, pero ahora paramos en un lugar para que saquen buenas fotos”. ¡No quiero fotos! Quiero irme y dejar a la gente que viva en paz.

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Caminamos por las calles de Siem Reap bajoneados, confundidos. A lo lejos divisamos un templo y nos encaminamos para despejar nuestra mente. Ahí es donde ocurrió toda la magia.
Caminando por el lugar le comentaba a Fede algo y escuchamos una voz a un costado del camino:
– Hola – un chico camboyando sentado en un banco a la sombra nos saludaba animadamente.
Le devolvemos el saludo con una sonrisa sin saber muy bien cómo continuar la conversación ¿Hablaba español o no? Los nombres camboayanos me resultan difíciles de recordar y me arrepiento de no haberle pedido a nuestro nuevo amigo que nos lo escribiera, pero en ese momento nos presentamos y el chico camboyano nos contó que era profesor de español y que estaba por comenzar su clase en el mismo templo. Nos invitaron a pasar y vivimos dos horas maravillosas aprendiendo y enseñando en nuestro propio idioma.

Clase de español en Siem Reap

Clase de español en Siem Reap

Nos dieron un libro de ejercicios y pasamos a formar parte del grupo de alumnos. Hicimos ejercicios, pasamos al pizarrón, leímos en voz alta sobre la historia de Camboya y respondimos todas las preguntas que nos hicieron (¿Están casados? ¿Hace cuánto viajan? ¿Les gusta Camboya? ¿Por qué se quedan por tan poco tiempo? ¿COMO QUE VAN A VISITAR VIETNAM POR MAS TIEMPO?). El grupo de estudiantes estaba compuesto por chicas camboyanas de secundario, monjes del templo, un chico que trabajaba en Angkor Wat como guardia, una doctora y un canadiense que estaba enseñando inglés en un pueblito rural y lo que aprendía de español también intentaba hacerlo llegar a sus alumnos.
En el aula todo fueron risas, enseñanzas y momentos compartidos. El tiempo pasó volando y el profesor nos notó tan animados hablando que tuvo que decirnos:
– Disculpen pero la clase ya se termina, debo ir a mi casa a comer con mi familia.
Nos despedimos tristes pero llevándonos una alegría inmensa, la de hacer nuevos amigos y vivir una de las mejores experiencias de nuestro viaje.

Los alumnos de la clase

Los alumnos de la clase

Camboyanos que buscan lucrar con la pobreza, turistas que son parte de este sistema perverso.
Camboyanos que se ayudan mutuamente, extranjeros que viajan a ayudarlos.
Durante nuestra estadía en el país conocimos voluntarios que van a enseñar idiomas y eso brinda una muy buena salida laboral como guías turísticos, en hoteles o en agencias de viaje. De este viaje nos llevamos una primera impresión del país, la cual despertó unas grandes ganas de regresar a dejar nuestro granito de arena.

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