Reflexiones Viajeras

La caja de pandora

14 enero, 2016
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Cuando mis hermanas y yo eramos chicas solíamos olvidarnos los juguetes tirados por ahí. Por supuesto que a mi mamá esto la hacía enojar mucho, por lo que mi papá ideó un sistema perfecto para hacernos aprender a cuidar lo que teníamos: bautizó su invento como la caja de pandora. Entonces cuando dejábamos algún juguete olvidado papá se tomaba el trabajo de guardarlo en un lugar secreto sin mencionar ni una palabra acerca del asunto. Nosotras, al caer en la cuenta de que nos faltaban juguetes, buscábamos desesperadas por todos lados sin sospechar siquiera que nuestro papá estaba oficiando de duende roba-juguetes. No se dan una idea de la cantidad de cosas que dimos por perdidas, también hay muchas cosas que perdimos y jamás nos enteramos. Una vez cada tanto, en alguna ocasión especial en la que nos portáramos bien -o simplemente algún domingo que papá estuviera de buen humor- mágicamente se abría la caja de pandora y nos devolvía los juguetes olvidados… y no se imaginan la emoción que significaba reencontrarnos con nuestras pertenencias, descubrir cosas que nos olvidábamos que teníamos. La caja de pandora representaba un mundo nuevo construído con elementos del pasado que marcaba una nueva etapa en nuestros juegos, como un reciclaje de experiencias.

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Recordé la historia de la caja de pandora cuando abrí mi mochila después de recorrer Asia durante cuatro meses: ni Fede ni yo sabíamos exactamente lo que había adentro. Al reencontrarme con mis souvenirs me di cuenta que habíamos dejado una etapa importante de nuestras vidas atrás, nuestra aventura tan esperada “hacia Asia”, aquella en la que aprendimos tanto en tan poco tiempo, donde entramos en un lapso de tiempo distinto, donde los días-viaje duraban el doble que los días-rutina.
Desempacar significó prepararnos para volver a estar quietos, retomar pasatiempos sedentarios, tener ojos para una sola ciudad. Nos pone tristes y contentos a la vez, veníamos de un viaje largo y agotador tras el cual dormir en una misma cama todas las noches nos resultaba tentador, pero la quietud y el constante movimiento no generan la misma sensación, creo que el viajar constantemente nos hace vivir a pleno ya que todos nuestros días son distintos.

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Acá estamos en el frío y la quietud. Todos los días me preparo un té con leche, cocino lo que me gusta comer (y mucho más sano que la comida callejera de Asia), camino al trabajo, me compré una bici, soy socia de la biblioteca, tengo nuevos amigos. Hay cosas que son elementales en la vida de cualquier persona que yo valoro el doble porque viajo y las pierdo; el reencuentro con lo cotidiano es una experiencia única en sí misma, sea cual sea el lugar donde me encuentre.
De los 35 grados diarios del Sudeste Asiático me enfrento con el frío eterno de Queenstown, que está en la isla sur de Nueva Zelanda. Volví a tener el pelo lacio, no me transpira la cara todo el día, no tomo 3 litros de agua, me invade el silencio.
El silencio.
Es impresionante el cambio en ese aspecto. Asia no se callaba, Nueva Zelanda no me habla en absoluto.

Cambios… de eso se trata la vida.

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