Sudeste Asiático, Tailandia

Cerrando ciclos: Chiang Mai

2 enero, 2016
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Se acercaba el final del viaje y me negaba a creerlo. Aquella rutina de armar la mochila casi todos los días, aprender frases en distintos idiomas y explorar incansablemente lugares nuevos iba a cambiar pronto, iba a convertirse en algo mucho más estable y me asustaba porque realmente al viajar de la forma en que recorrimos el Sudeste nos dimos cuenta que explorar el mundo es lo que amamos y desacostumbrarse a la vida perfecta no iba a ser tarea sencilla.
A través de la página de Green Bus Thailand reservamos nuestros últimos pasajes con destino a Chiang Mai, la segunda ciudad más poblada de Tailandia, ubicada a 3 horas de Chiang Rai. El Green Bus nos dejó en la estación de colectivos a unas 20 cuadras de nuestra Guest House, se puede caminar tranquilamente la ciudad pero con mochilas decidimos tomar un tuk tuk que nos cobró de entrada 2,5 dólares – el conductor de tuk tuk más honesto que nos tocó en el Sudeste.

Templos en Chiang Mai

Templos en Chiang Mai

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Mercado Nocturno
A Chiang Mai se lo debe visitar durante el fin de semana para entretenerse con el mercado nocturno más grande que vimos en nuestro viaje. Tanto el sábado como el domingo caminamos horas y horas por distintas calles de la ciudad probando comida de diferentes puestos, escuchando la música callejera y entreteniéndonos con las ingeniosas artesanías que encontrábamos. Fede probó mariscos fritos, salchicha en waffle y mini tortitas de un puesto de panadería; yo probé una especie de budín de espinaca herivdo, bolitas de batata fritas y mini helados en cucuruchos del tamaño de mi dedo meñique… ¡Esa noche sí que nos divertimos comiendo!

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Aún con cara de depravada soy fiel a mi blog y les muestro los heladitos!

Aún con cara de depravada soy fiel a mi blog y les muestro los heladitos!

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Me encantó encontrarme con una ciudad llana para recorrer en bicicleta, repleta de negocios de libros usados y más de un restaurante vegetariano con opciones típicas como el rico Pad Thai – nuestro favorito se llama A Taste of Heaven y está atendido por su propia dueña. Sumándole que teníamos Guest House con pileta nuestros últimos días de viaje antes de regresar a la rutina estable nos parecieron mágicos. Chiang Mai es linda para caminarla lento, explorar sus templos, recorrer sus calles tanto de día como cuando comienzan a poblarse de puestos de artesanías.

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Elefantes
El tema de ver elefantes en el Sudeste Asiático es polémico. Como persona que ama a los animales en un principio me mentalicé en que no sería posible conocer a estos amigos de cuatro patas gigantes ya que todos los “santuarios” me parecían igual de falsos, tenía muy en claro que no quería ver animales encerrados, encadenados o forzados a hacer trucos o llevar turistas a sus espaldas. Estando en el hostel me topé con un cartel chiquitito que comentaba acerca del Hug Elephants Sanctuary un proyecto local que rescata animales de falsos santuarios y busca darles una vida más natural. Cada elefante posee un guardián que lo conoce a la perfección y cumplen órdenes con diferentes sonidos y no a los golpes. Por ejemplo, para enseñarles a saludar asocian un sonido a la comida y ponen una banana en la cabeza del elefante para que éste la tome con la trompa y simule un saludo. Eso sí, no tienen presión alguna, a nosotros no nos saludó ningún elefante y los guías nos decían:”bueno, si no será hoy aprenderá a saludar mañana”.
Nos decidimos a ir por los comentarios que leímos en Trip Advisor, creo que fue la actividad más costosa de nuestro viaje: USD 70 por persona. Ese día quedó grabado en mi memoria para siempre: pasé un día entero en la naturaleza simplemente interactuando con los reyes de la selva.

Te dije que no había más!

Te dije que no había más!

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A falta de bananas nos comemos unas plantitas (?)

A falta de bananas nos comemos unas plantitas (?)

Darles de comer fue bastante cómico, el guía nos había advertido: “no food, no picture” (sin comida no hay foto), entonces teníamos que ganarnos la confianza del animal antes de acariciarlo, porque apenas se daban cuenta que no tenías comida perdían todo interés. No me esperaba menos, los elefantes quieren comida, no les sorprende ver humanos. Un elefante bebé (tenía 4 años) arrasó con mis bananas, robándomelas de la bolsita que llevaba colgada. Lejos de preocuparme le di de comer muy entusiasmada, hasta que cuando no tuve más comenzó a buscar otro amigo con más comida. Por suerte los guías nos alcanzaron más bananas, pepinos y caña de azúcar, para mantener a los gigantes cerca y poder darles abrazos… después de todo el santuario se llama “Hug Elephants”!

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Por supuesto que el tour incluye un almuerzo, y mientras comíamos veíamos a los elefantes pasearse entre las mesas, robando un poquito de arroz a los descuidados. Al finalizar el merecido descanso nos esperaba una tarea difícil: la de bañar a los elefantes. Estos gigantes aman embarrarse y luego sumergirse bajo el agua y nosotros podíamos acompañarlos en todo el proceso. Digamos que bañar elefantes me resultó un poco extremo (los animales no tenían piedad y se tiraban al agua sin importar quién estuviera alrededor), además de un tanto cómico (en un momento tuve que tirarme al agua porque a un elefante se le ocurrió hacer caca al lado mío) pero la alegría de ver animales me supera ♡

En Chiang Mai cerramos un ciclo, concluímos una etapa de viaje. Al momento de dejar Tailandia, en Octubre de 2015 llevábamos 14 meses y medio lejos de casa y cero intenciones de detener nuestro proyecto de viaje alrededor del mundo, de comenzar y sostener una vida basada en los viajes y el movimiento, viviendo la cultura del lugar. No sé si me imaginaba llegando a Chiang Mai el día que pisé Bali, pero estoy segura que no sentía que podía enamorarme de una región tan diferente a la mía, con culturas que solo había visto en documentales y libros, caminando paisajes que alguna vez me parecieron inalcanzables. Hoy pienso en Asia y quiero volver, me inunda la nostalgia de una vida movida, diferente, que representa una aventura. Tal vez tarde en reencontrarme con aquellos lugares que dejaron una marca permanente en mi ruta de vida, pero sé que la clave para volver al viaje se encuentra en uno mismo y las ganas de emprenderlo.

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