Isla Sur, Nueva Zelanda

Apuntes de nuestro primer viaje a dedo

8 febrero, 2016
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Durante mi primer semana de trabajo me costó mucho entrar en la rutina de tomar el colectivo, lo que resultaba en una carrera veloz contra el conductor constantemente. Cierto domingo perdí el colectivo de las 12:15, el próximo pasaba quince minutos más tarde, horario que coincidía con el comienzo de mi turno. Desesperada decidí pararme en una esquina donde días atrás había visto a una autoestopista conseguir transporte mucho más rápido de lo que imaginaba. Levanté el pulgar izquierdo, sonreí y esperé. El segundo auto que pasó por la ruta me levantó: dos chicos kiwis que iban a pasar el día a Glenorchy, me vieron en mi uniforme de trabajo e hicieron su buena acción del día. Ese domingo cambiaron muchas cosas en mi mente y le planteé a Fede hacer nuestro primer viaje experimental a dedo, este fue el resultado.

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A 20km de Queenstown se encuentra Arrowtown, un antiguo pueblo minero que hoy explota turísticamente la riqueza de su arquitectura antigua. El pueblo es un atractivo en sí mismo dado que todos sus negocios, alojamientos y restaurantes conservan las antiguas fachadas de sus construcciones. Mi primer encuentro con este pequeño lugar fue gracias a un evento organizado para agentes del sector hotelero: el organismo equivalente a la municipalidad de Arrowtown nos invitó a conocer las caras detrás de los lugares más populares del pueblo y los mismos dueños de cafés, bodegas, restaurantes e incluso salones de belleza nos mostraron sus productos, nos invitaron a ser turistas por un día. Como habrán leído en otros posts nos encantan los viajes al pasado y encontramos en Arrowtown una de esas grietas que nos llevan en el tiempo.

Puente Edith Cavell en Arthurs Point

Puente Edith Cavell en Arthurs Point

Con la mochila de mano preparada para un fin de semana distinto – cuando menciono fin de semana léase miércoles y jueves, los fines de semana de la vida hotelera – cargado de experiencias y, por qué no mencionarlo, un poco de incertidumbre. El primer problema que se nos presentó al planear un viaje a dedo es el que debe surgirle a todo el mundo: “¿Y si nadie me levanta y nunca llego?”. Se ve que algo de fe teníamos porque reservamos hostel con anticipación, y ese miércoles a la mañana caminamos hasta la calle que desemboca en la corta ruta que une Queenstown con Arrowtown. Dejamos las mochilas junto a un poste de luz, aconsejé a Fede de poner su mejor sonrisa y levantamos los pulgares. Nada. Cinco minutos después, tampoco. Como entro en pánico muy rápido comienzo a decir pavadas como que no nos levanta nadie porque Fede tiene el pulgar chueco (?). En eso que discutíamos si el dedo de Fede estaba en cuestión chueco o yo exageraba se nos acerca un inglés que terminaba de hacer unas compras ofreciéndose a llevarnos a Arthurs Point, un poco menos de mitad de camino. Aceptamos y durante los diez minutos que pasamos en el auto charlamos acerca de lo buena que era la comida argentina y la genialidad de la música inglesa; todos podemos llevarnos bien.
Llegar a Arthurs Point fue un pequeño logro en sí mismo: en los dos meses que hacían desde que habíamos llegado a Queenstown Fede nunca había salido del pueblo.

El río Shotover en Arthurs Point

El río Shotover en Arthurs Point

Caminamos nuevamente a la ruta y esta vez no tardamos nada en encontrar otro compañero de viaje: un francés que viajaba en un auto alquilado – muy cómodo por cierto – y, si bien quería darnos charla, hablaba muy bajito así que tuvimos que esforzarnos un poco para descifrar lo que decía. Vivía en Auckland y estaba de vacaciones.
Llegamos a destino y no podíamos creer lo rápido que había resultado nuestro viaje: nuestra escapada apenas comenzaba…
Arrowtown es el lugar perfecto para caminar entre la vegetación, mojar los pies en el río, llevar una bolsita de picnic para cuando ataque el hambre y tirarse en el pasto a encontrarle forma a las nubes. Encontramos una piedra-asiento a orillas del agua y nos sentamos a comer sanguches preparados en casa, luego buscando postre encontramos un puesto callejero de cerezas que acompañaron nuestra caminata por los alrededores. Nos cansamos de escuchar el agua fluir, de ver a los pájaros volar, de sentir el sol acariciando nuestras caras… (¡Como si alguien pudiera cansarse de tal cosa!).

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Lo que hace a un lugar son sus pequeños detalles: la biblioteca del pueblo parece salida de un cuento antiguo, hay una tienda de caramelos de todas formas y sabores, hay un cine que en lugar de butacas tiene sillones y te dan mantitas para que disfrutes la película como en tu casa, hay un árbol gigante de navidad en medio de una plaza… es por esto, entre otras cosas, que Arrowtown se diferencia completamente de Queenstown. Acá la aventura se deja de lado y entran en juego otro tipo de sensaciones.Por la noche los bares tienen música acústica en vivo y para que quiera seguir con su sobredosis de naturaleza existen muchas ofertas de bebidas para llevar y sentarse a contemplar el atardecer en el río – que dicho sea de paso es como a las 8.30/9 de la noche.

La biblioteca

La biblioteca

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A la mañana siguiente como despedida del lugar desayunamos en mi café favorito, Provisions donde Fede disfrutó de los imperdibles Sticky Buns y yo de una granola con crema de coco, todo acompañado por un buen café. Este emprendimiento local comenzó con la venta callejera de los famosos Sticky Buns (que tienen algo parecido a dulce de leche) y hoy sigue atendido por su propia dueña. Para los amantes del dulce de membrillo les recomiendo el que venden en el local, tiene sabor a casa ♡

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No quedaron ni las migas...

No quedaron ni las migas…

Para finalizar nuestro recorrido paseamos por el Asentamiento Chino, de mineros que venían de Asia a trabajar en Arrowtown, teniendo la oportunidad de entrar y observar de cerca cómo y dónde vivían. Alrededor de este asentamiento encotramos un camino a orillas del río cubierto de algodón – se ve que es común la planta en la zona – y caminamos sobre nubes un ratito disfrutando de la emoción de ver algo diferente estando un poquito lejos de casa.
El regreso fue sin apuro. Parados cerca de un cartel que rezaba “To Queenstown” nos paró una pareja de holadeses que estaba de vacaciones y entre charlas y risas nos ofrecieron acompañarlos hasta Coronet Peak, montaña que en invierno funciona como centro de ski pero en verano es “simplemente” un hermoso punto panorámico. La vista nos dejó encantados.

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Lejos estamos de saber todas acerca de viajar a dedo, pero este acercamiento a subirse al auto de un desconocido despejó muchas dudas y venció varios miedos. Si hay alguna enseñanza que constantemente se repite en el camino de nuestro largo viaje es que el mundo es mucho más hospitalario de lo que nos hacen creer y que acercarse al otro requiere poco esfuerzo y mucha buena voluntad. Mediante estos gestos de amabilidad desinteresada conocemos gente que realmente vale la pena encontrar, historias que queremos escuchar y vivimos experiencias mucho más auténticas que la de subirse a un colectivo con una ruta fija.

Panorama desde Coronet Peak

Panorama desde Coronet Peak

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