Reflexiones Viajeras

Grandes Esperanzas

12 marzo, 2016
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Un viaje comienza como un boceto en nuestras mentes: lo ideamos, lo planificamos, vamos dándole forma y color. Lo cierto es que todos nos olvidamos de dejar lugar a lo imprevisible por querer tomar control de la situación: llego a Queenstown donde leí que hay trabajo todo el año, trabajo unos meses y sigo viaje, seguro me siento cómoda porque está lleno de latinos y voy a hacer muchos amigos, no me voy a perder ninguna actividad extrema, al llegar a Nueva Zelanda voy a ser feliz los 365 días del año. No, no y más no. Cuando uno quiere hacer de su vida un viaje tiene que saber que es imposible vivir en el eterno efecto luna de miel que tienen las vacaciones porque la vida no se pone en pausa sino que continúa para todos igual, el único factor que cambia es tu ubicación… esto puede ser una gran ventaja o un inconveniente.

El título de este post se inspira en la traducción al castellano de la novela de Charles Dickens “Great Expectations”. Al igual que Pip, el protagonista de la novela, siempre sueño a lo grande y en general todo se cumple, no por arte de magia sino por esfuerzo propio. Aún así la realidad es distinta y tal como lo reflejaba Dickens en 1860 cuando escribía aquellas 450 páginas de aventuras, aún cuando nuestros sueños y metas se cumplan existen elementos impredecibles que cambian el curso de las cosas.

Foto navideña con mi amiga alemana Leonie

Foto navideña con mi amiga alemana Leonie

Expectativa 1: Disfrutar cada uno de mis días en Nueva Zelanda, sentirme más activa que nunca, probar cosas nuevas.
Durante mis primeros dos meses me la pasé de tour en tour: bicicletear en los viñedos, saltar de un precipicio, subirse a un bote que no para de dar vueltas en el agua. Un día libre era un día dedicado a la aventura, todas las actividades mencionadas en nuestro anterior post Crónicas de la Capital de la Aventura fueron realizadas entre mediados de Octubre y Diciembre. Hasta que un día…
Cocinando una torta (sí, leyeron bien) decidí bajar las escaleras corriendo para salvarla de algunas quemaduras en el horno y plaf, no solo terminé con el pie izquierdo quebrado sino que además me rompí un ligamento. Jamás imaginé que un accidente tan tonto me quitaría tanto tiempo y energía. Como siempre, aún con yeso y muletas salí para todos lados, pero la depresión de no poder caminar estando a 15 mil kilómetros de tu casa es algo difícil de superar. Creo que hasta mi accidente no me había dado cuenta de dos cosas fundamentales: la vida sigue, los accidentes pasan, uno no puede bajar los brazos por un tropezón, por mucho que quise volverme a casa – especialmente porque los médicos de Queenstown tardaron una semana y media en decirme que mi pie estaba quebrado y me moría de dolor mientras tanto intentando caminar. La otra enseñanza fue la importancia del seguro médico: si bien Nueva Zelanda cuenta con un buen sistema de salud pública llamado ACC, cuando el accidente no es en el lugar de trabajo cubren la mitad de los tratamientos, la otra mitad me la reintegró el seguro y todos los que tenemos un presupuesto limitado para viajar agradecemos eso.
“Shit happens”, esa frase es cierta, pero hay que ponerle onda. Mis jefes me armaron un escritorio en la recepción con todo lo que necesitaba para atender a la gente, me pasaba las 8 horas sentada trabajando igual, me las arreglé para tener una vida lo más normal posible y mis compañeras de trabajo Sue y Leonie fueron las mejores amigas que pude tener, acompañándome al médico, sacándome a comer y llevándome a hacer las compras para que no me sintiera sola. Por supuesto que todo caso es distinto y al yo tener un Fede las cosas tuvieron otro color, Fede ofició de cocinero, amo de casa y psicólogo durante casi dos meses, hoy en día se levanta todas las mañanas a ayudarme con mis ejercicios de fisioterapia, aunque sienta que tengo un pie y medio sigo poniéndole pilas al viaje igual.

Paseando con mi amiga Ayaka que me vino a visitar desde Japón, aún estando enyesada.

Paseando con mi amiga Ayaka que me vino a visitar desde Japón, aún estando enyesada.

Expectativa 2: Todos tenemos un plan… que nunca seguimos.
Cuando decidimos irnos a Australia como Working Holidays el plan era trabajar un año, viajar un par de meses por el Sudeste Asiático y regresar a casa, buscar un trabajo fijo nuevamente y ahorrar para un nuevo viaje. No solo nuestro viaje por Asia se extendió por cuatro meses sino que aplicamos y obtuvimos la Working Holiday en Nueva Zelanda y hace poco nos agarró la loca de nuevo y compramos un pasaje a Malasia (?). ¿Qué hay en Malasia que les gustó tanto? Hay un mundo distinto, es nuestra nueva puerta a Asia. A lo que voy con esto es a la inestabilidad de la mente del viajero: hoy está en un lado pero quiere estar en otro y en lo que nunca dejamos de pensar es en viajes futuros. No me malinterpreten: disfrutamos muchísimo nuestos días en Queenstown, tenemos planeado un viaje a Stewart Island y una vuelta a dedo por la Isla Sur durante todo un mes… pero cómo nos gusta dejar volar la mente, y comprar pasajes de avión al otro lado del mundo cuando salen ofertas (como el de Malasia, Air Asia está regalando vuelos practicamente). Fede tiene serios problemas de planificación de viajes, a veces no puede dormir pensando en qué ruta tomar.

El equipo planificador de Fede

El equipo planificador de Fede

Expectativa 3: No existen los problemas al viajar.
Son los mismos problemas en un idioma distinto. Mi supervisora me odia en inglés, antes lo hacía en español. En el super todo es caro en dólares neozelandeses, antes era en pesos. No llego al fin de semana, antes no llegaba a fin de mes (como acá pagan una vez a la semana, si te llega a tocar un trabajo que te deposita los lunes agarrate porque para el sábado se te fue la plata para el bar). Así sucesivamente. Lo importante es levantarse todos los días y recordarnos que estamos donde elegimos estar, que todo mal (o bien) es temporal porque nuestra ubicación cambia y en la transición encontraremos nuevos desafíos.

Foto navideña con mi supervisora que me odia y Leonie de fondo.

Foto navideña con mi supervisora que me odia y Leonie de fondo.

La vida sigue, la familia y los amigos no están sentados esperándote en casa porque te fuiste hace tiempo y no existe el botón de pausa. La gente se recibe, tenés sobrinos que conocés solo por fotos, sos “el/la que se fue al otro lado del mundo a juntar kiwis y vivir en playas tailandesas”, ya no te acordás cuánto salen las cosas porque tu moneda se devalúa a años luz desde que tenés memoria pero ya no vas todos los días a hacer las compras en pesos, ya no coleccionás cosas porque te das cuenta que cuanto más juntás más tenés que cargar en la mochila o en su defecto tirar otras pertenencias que no querías.
Nadie dijo que fuera fácil, pero todos coincidimos en que vale la pena. Viajar nos hace sentir vivos.

Postal del lago Wakatipu desde Queenstown Hill

Postal del lago Wakatipu desde Queenstown Hill

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