Nueva Zelanda, Stewart Island

La subjetividad de la experiencia

25 marzo, 2016
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El tiempo, las personas, las circunstancias… existen una combinación de factores que determinan el producto final de un viaje: la experiencia. Se podría decir que el destino es incluso secundario, que lo que importan son los detalles, lo que decidimos hacer, los lugares que decidimos visitar y las ocurrencias del camino mismo, que nos presenta un abanico de posibilidades para todos los gustos.

La vida es como una caja de chocolates, decía la mamá de Forrest Gump, nunca sabés qué te puede tocar.

Y qué cierta es esa frase.
Un lunes cualquiera, el día más odiado de la semana, comenzamos nuestra caminata matutina a las 5:45 de la mañana rumbo al colectivo que nos llevaría a Invercargill, nuestra primera parada. El viaje al sur es relajante, la ventanilla representa una sucesión de imágenes que nos transportan a nuestro destino: la naturaleza. Vacas, ovejas, montañas, ovejas, estancias, más ovejas… ¿Ya les conté que Nueva Zelanda está llena de ovejas? Desde que llegué vi más ovejas que kiwi people.

Invercargill

Invercargill

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De Invercargill habíamos escuchado todo tipo de comentarios negativos: que es fea, aburrida, gris, desolada. Es todo eso, pero sobre todo nos pareció una ciudad auténtica, un lugar normal. Queenstown es tan artificial, Invercargill tiene ese encanto de edificios coloniales, no tiene que mostrarle nada a nadie, no está vestida para impresionar.
Caminando por calles con semáforos (los extrañaba, desde que llegué a Nueva Zelanda hace cinco meses, ni una sola vez me crucé con un semáforo), observando el tráfico como si se tratara de un fenómeno paranormal, recorrimos el centro de una ciudad fantasma, con librerías de segunda mano, locales de ropa usada e incluso muchos lugares cerrados. A diferencia de Queenstown, la capital del consumo, en Invercargill parece que compradores faltan…

Bluff es un punto en el mapa que parece estar a punto de caerse. Cuando mencionamos nuestra expedición al sur, nos comentaban que cada año el pueblo pierde alrededor de 80 habitantes. Todo se mueve en torno al puerto y como era de esperarse nuestra visita tenía un fin particular: la terminal de ferry.
La experiencia de la que quiero hablar es mi excursión a Stewart Island, la tercer isla más grande de Nueva Zelanda. Nunca había escuchado de ella y sin embargo cuando mi mente comenzó a tomar dimensiones del mapa neocelandés fue el primer lugar que me propuse conocer: me atraen las islas, el bosque, los lugares remotos… y Stewart Island lo tenía todo.

Llegada a la isla ♡

Llegada a la isla ♡

De Bluff a Oban, el único pueblo de la isla, hay una hora de viaje en ferry. Al llegar a la costa isleña nos encontramos con un denso bosque descansando junto a un mar sereno. Una combinación de sensaciones afloraron de manera superpuesta: reencontrarse con el olor a mar, la emoción de un destino nuevo, el comienzo de un viaje, las infinitas posibilidades.
Al comienzo de este posteo hablo de las experiencias de viaje como algo completamente subjetivo y es que en realidad nadie nos puede adelantar lo que vamos a sentir en un lugar. No puedo describir Stewart Island objetivamente porque mis días en la isla estuvieron cargados de lluvia, neblina y caminatas intensas… a mí la isla me pareció un lugar místico, y aquel toque se lo dio el estado del tiempo. Además me encontré explotando y perfeccionando una de las tantas facetas mías que descubrí desde que salí de viaje: la exploradora. Cuando era chica jamás me hubiera imaginado que disfrutaría de perderme en el bosque, trepar árboles y troncos para abrirme camino entre el barro, y hacia allá me dirigía, todas las fuerzas para armar este viaje las concentramos en un objetivo: caminar el Rakiura Track.

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Al llegar a Oban nos alojamos en Stewart Island Backpackers, un lugar que nos resultó super cálido, atendido por su dueña Vicki que nos recibió con la mejor onda. Nos sentimos muy “en nuestra salsa” pasando tiempo en el hostel, entre libros, juegos de mesa y un ambiente muy sociable. Conocimos una alemana-mexicana que había estado trabajando en Queenstown y disfrutamos de nuestra cena de microondas escuchando el sonido de la lluvia.
Es curioso cómo tanto movimiento puede hacernos sentir tan tranquilos, dormimos profundamente, como no lo hacíamos en meses.
Desertarse en medio de un diluvio significó una leve desilusión: el primer día del track teníamos pensado caminar 22 kilómetros y parecía imposible realizar tal hazaña entre cortinas de agua. Ante la indecisión decidimos itentarlo y por suerte recordamos una gran frase inspiradora: “Siempre que llovió, paró”.

El Rakiura Track comienza a 5 kilómetros de Oban, lo que costituyó la parte más húmeda de nuestro recorrido. Una vez en el Parque Nacional los tramos se dividen en 3 de entre 10 y 13km. El primer día caminamos dos tramos juntos, algo así como 17km (ya que evitamos un desvió hacia el primer refugio y nos ahorramos unos 4km), en total nos llevó 9 horas y media llegar hasta el segundo refugio, contando el tiempo para llegar hasta el Parque Nacional y los cortes para comer que hicimos en el camino. Vimos playas y bosques, pasamos por un puente colgante, caminamos sobre maderas y barro, nos llevamos puestas telarañas, cruzamos pajaritos y un bambi (pequeño, con la cola blanca), respiramos el aire más puro de nuestras vidas y disfrutamos de la sensación de sentirnos hormiguitas en un mundo tan grande.

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La noche en el refugio representó un día de campamento como si fuera una excursión escolar: grupos de gente de todas las edades compartiendo una cena temprana, viejos jugando a las cartas a la luz de las velas, bolsas de dormir amontonadas para que todos pudiéramos disfrutar de la comodidad de las colchonetas (uno de los mejores nonis de mi vida). El único inconveniente fueron algunos ronquidos, el salir a hacer pis en los yuyos y la vieja que se tiraba pedos ruidosos pero bueno, es parte de la experiencia.
El segundo día ya parecíamos expertos en saltar charcos de barro, nos sumergimos en una densa neblina que fue disipándose con las horas y jugamos una especie de carrera amistosa con una científica inglesa que más que caminar el track lo estaba corriendo – y la alcanzábamos cuando paraba a descansar. Llegar a la civilización fue todo un hito, los sanguches de supermercado nos parecieron la gloria y pasamos la tarde contemplando lo calma que llegaba el agua salada a la isla, la armonía del paisaje remoto.

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Datos Útiles
● Los refugios se reservan con anticipación en la página del DOC (Department of Conservation). Acampar sale menos de NZ10; los refugios cuestan NZ 22 por noche, por persona.
● Caminar por el Parque Nacional Rakiura es gratis, únicamente se paga el alojamiento si se necesita.
● Recomendamos llevar repelente de insectos (las sandflies están terriblemente hambrientas en la isla), protectores para la mochila para que no se mojen las cosas, ropa liviana y abrigada porque el tiempo cambia rápidamente y pueden pasar frío y calor en el mismo día.
● Para comer llevamos sanguches y latas de lentejas, choclo y arvejas; fruta, cereales y un poco de leche de coco – que no se pone fea si no está refrigerada uno o dos días.
● El ferry Bluff-Oban es producto del monopolio isleño de Real Journeys. Cuesta NZ 130 ida y vuelta por persona, nosotros por ser agentes de viaje conseguimos un descuento pero imposible obtenerlo gratis.
● El hostel donde nos alojamos se llama Stewart Island Backpackers. Súper recomendable.
● Como todos los buses que tomamos en Nueva Zelanda les recomendamos la página Why not wander, consiguen a casi todos los destinos por NZ 5 (un regalo!) y ahorra tiempo si no pueden hacer dedo – como nosotros los trabajadores con vacaciones limitadas.

Como última anécdota, en el hostel de Invercargill donde pasamos la última noche conocimos a Gabriel, un chileno que nos contó su historia y nos dejó con ganas de seguir sus pasos: caminó de punta a punta la isla sur, por un sendero marcado, durmiendo en refugios del DOC y abasteciéndose de comida para seguir viaje en algunas paradas obligadas. La travesía le llevó alrededor de tres meses y nos dio pie a planear un regreso a este hermoso país únicamente para caminarlo.

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