Isla Sur, Nueva Zelanda

Roadtrip a dedo: de Dunedin a Christchurch

9 mayo, 2016
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Son las 8.36 de la mañana y estamos corriendo con nuestras mochilas al hombro, la carpa, las bolsas de dormir, una bolsa con comida y me enojo conmigo misma por no haber aprendido los horarios de los colectivos. Quedan cuatro minutos y el único colectivo a Palmerston de la mañana se nos va, lo sentimos con cada paso que damos, no llegamos. Si se nos pasa el colectivo tenemos otro, pero sale a las 3 de la tarde y es arriesgado hacer dedo con poco tiempo, hay que correr con más ganas.
Llegamos y el conductor está tranquilo, comiendo una banana. Nos hace señas para que subamos y después paguemos, se ve que no eran tan estrictos con el horario después de todo. Terminamos arrancando el viaje a las nueve menos diez. Salimos de Dunedin, de la gran ciudad. Compramos pasaje a Waitati porque era lo más barato que encontramos para salir de la ciudad y el conductor muy animado nos pregunta:
– ¿Qué van a ver en Waitati?
Le contesto la verdad, que pensamos hacer dedo hasta Oamaru, no íbamos a parar en el pueblo pero era lo más accesible al bolsillo mochilero para salir de la ciudad.
– Qué pena, yo soy de ahí – nos responde desanimado y siento cómo metimos la pata, no podemos gustarle a todo el mundo, Nueva Zelanda es precioso pero el tiempo escasea.

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Vemos que el colectivero se pasa Waitati y sigue viaje. Nos va a dejar en Palmerston de onda, porque seguro es más fácil hacer dedo desde allá y además es mitad de camino entre Dunedin y Oamaru. Al final se apiadó de nosotros y le agradecimos infinitamente.
En el colectivo viajaban chicos de primaria con sus miradas rutinarias hacia un paisaje que a mi me parecía increíble. Habiendo dejado las montañas atrás veía llanuras, colinas, colores otoñales en la vegetación. Me pasé la hora entera del viaje observando y me di cuenta de mi nueva mirada contemplativa hacia las cosas: me siento como una nena chiquita que investiga, se sorprende, experimenta diferentes texturas, junta hojas, observa formas, compara colores, olores y sabores. Me gustaría que mi mano se moviera tan rápido como mi mente y así poder anotar todo lo que me ocurre en el momento. Mi memoria es buena pero las sensaciones no son tan intensas como en el momento en que se las vive.

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Vista desde el punto panorámico de Oamaru

Vista desde el punto panorámico de Oamaru

Parados al costado de la ruta, exhibiendo nuestro cartel artesanal buscamos conductor y encontramos a Claire, una inglesa nacida en Sudáfrica que vive en Nueva Zelanda hace más de una década. Normalmente no para autostopistas pero se ve que le parecimos simpáticos. Nos contó de sus viajes, su vida en Stewart Island la primera vez que visitó el país, sus recorridos por Europa cada vez que visita familia y sus planes de voluntariado en India cuando sea posible. “Soy enfermera y me encanta ayudar y viajar con mi trabajo” nos dijo, y nos dimos cuenta que todas las profesiones se adaptan al mundo de los viajes y que cada uno puede aportar lo que sabe de manera distinta.
Claire nos llevó hasta el punto panorámico de la ciudad porque era un día soleado increíble para ser abril. Hacía calor, el sol brillaba sobre el mar y la ciudad se vio resplandeciente. Nos despedimos de Claire en el centro histórico de la ciudad que recorrimos a pie.

Jardín Botánico de Oamaru

Jardín Botánico de Oamaru

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Welcome to Victorian Oamaru
Al costado de las calles se ven los restos de la herencia colonial en forma de adoquines que se asoman desde el asfalto casi sin querer. Los edificios se encuentran restaurados y pintados pero conservan su belleza victoriana, exhiben antigüedades, libros usados, hay panaderías, casas de pinturas, una biblioteca en miniatura para el peatón lector que busca intercambiar libros, una bicicleta muy fotogénica con la rueda delantera excesivamente grande y un banquito de madera al costado para que uno pueda disfrutar de la vista que proporciona este medio de transporte extinto. Tocamos todas las paredes, olimos los libros viejos, resistimos la tentación de probarnos sombreros y degustamos la pastelería kiwi (que literalmente tiene facturas con crema pastelera y kiwis). A la parte moderna de la ciudad ni la miramos…
Por último ingresamos a Steampunk HQ. Nos llamó la atención el museo de chatarra y decidimos explorarlo. Lejos de darnos miedo nos sentimos en algún episodio de Doctor Who en el que lo ordinario se transforma en algo mágico – y por algún motivo siempre relacionado con los aliens pero dejemos mi lado nerd aparte.

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Al día siguiente salimos a hacer dedo con llovizna. Contra todas las predicciones a los diez minutos nos levanta un kiwi y nos acerca a Timaru desde donde conseguimos un colectivo barato a la ciudad más grande de la isla sur. Nuestro conductor nos cuenta que no hay mucho para ver en Timaru, es simplemente una ciudad grande y no tardamos mucho en comprobarlo. Eso sí: disfrutamos de unos kebabs gigantes en plena calle principal, dándonos un gusto después de varios días de arroz y fideos.
Llegamos a Christchurch ese mismo día a la noche y para mi sorpresa Fede había reservado un hostel especial (ahora preparen su música mental):el YMCA. No solo me la pasé cantando sino que fue el mejor hostel en el que nos quedamos desde que salimos de casa, cómodo y bien ubicado.

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Tips para la gran ciudad y el poco tiempo:
● Visiten el Jardín Botánico, un lugar que da mucha paz y emana optimismo en una ciudad que continúa en ruinas. Es muy pintoresco ver las canoas que pasen turistas, las hojas secas de otoño, la cantidad de dueños que pasean a sus perritos adorables.
● Compren su comida en el Pak n’ Save. El supermercado más barato de Nueva Zelanda. Conseguimos 2 porciones de pizza a 1 dólar por ejemplo, todo lo que en general sale caro se encuentra por 2 o 3 dólares menos!
● Visiten el Restart, un shopping al aire libre hecho con containers. Conseguimos garrapiñadas y nos pareció un rincón colorido y distinto.
● Caminen, vean la ciudad en construcción. Christchurch no me pareció una ciudad medio destruída sino en proceso de volver a la vida. No la catalogaría ni como deprimente, ni como fea, tiene su historia y está saliendo adelante.

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El objetivo de nuestro viaje era llegar a Akaroa: un pueblito a una hora y media de Christchurch. Conseguí un trabajo para pasar el invierno y Fede vino a probar suerte. No nos imaginamos que Dunedin nos iba a enamorar, que no veríamos ningún pingüino en el camino, que hacer dedo era tan fácil en el país de los autos baratos y los escasos servicios de colectivos entre ciudades, tampoco pensamos que ibamos a disfrutar Christchurch y quedarnos con ganas de más. Siempre que pasamos un tiempo en un mismo lugar extrañamos el movimiento pero también reconocemos que nos gusta viajar lento, encontrar rincones donde queremos parar, tratar de ver menos para aprovechar mejor el tiempo y planificar nuestras estadías de largo plazo para juntar fuerzas, energía, recursos y coleccionar experiencias de vida.
Mi próxima entrada va a narrar la vida en Akaroa pero puedo adelantarles algo: la vida en este pequeño lugar resulta muy sencilla.

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