Isla Sur, Nueva Zelanda

Postales de invierno en la isla sur

6 octubre, 2016
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La opinión general es unánime: la isla sur posee los mejores paisajes de Nueva Zelanda, país que estamos recorriendo hace un año y en el que nos quedan tan solo unos pocos días. Las montañas más altas, lagos cristalinos, playas paradisíacas, ciudades coloniales, el cielo más claro y despejado, ideal para la observación astronómica (y el avistaje de estrellas fugaces).
Esta es una historia de viaje que nos lleva a Lake Tekapo, a despedirnos finalmente de Akaroa y a relajarnos en Kaikoura – un lugar de esos en los que decidís quedarte más tiempo de lo planeado, donde encontramos nuestro rinconcito mágico en un hostel cualquiera.

Iglesia del Buen Pastor

Iglesia del Buen Pastor

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Lake Tekapo
La tranquilidad de caminar alrededor del lago, de pisar las hojas secas, de sentarse en banquitos de madera a contemplar la cadena montañosa nevada y la aventura de usar una tirolesa rústica en medio de un parque para combinar emoción con un paisaje de ensueños. Estas actividades resumen nuestros días en este pueblo, el cual es conocido entre viajeros como un rincón ideal para mirar las estrellas por la noche: al encontrarse en un lugar remoto, en un pueblo con pocos habitantes, las condiciones son ideales y el cielo se encuentra muy poco “contaminado” con otra luz que no sea la que naturalmente irradian las estrellas. Lamentablemente nos tocaron días inestables, un poco nublados – especialmente durante la noche – por lo que buscamos alternativas para entretenernos y recorrer el lugar.
En Bookme, una página de descuentos en actividades por todo Nueva Zelanda, encontramos una promoción para disfrutar de aguas termales. La primavera aún ni asomaba y nos tentó mucho la idea de darnos un chapuzón caliente. La entrada nos costó tan solo 12,50 por persona y, si bien uno reserva una hora específica para llegar, puede entrar y salir del complejo durante el día y quedarse el tiempo que quiera. Decidimos ir después del atardecer, para relajarnos de nuestra caminata y disfrutar de una noche tibia al aire libre – algo impensable en un invierno como el de este país.

Lake Tekapo

Lake Tekapo

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Salir de Lake Tekapo fue sorprendentemente sencillo. Poco después de las 10, el horario universal del check out hotelero, nos dirigimos hacia la ruta – que afortunadamente pasa por el centro del pueblo – y en 15 minutos teníamos quienes nos llevaran a Christchurch: una pareja de australianos en su luna de miel. Les había llamado la atención ver a tantos autoestopistas en las rutas neocelandesas y, siendo este su último tramo hacia el aeropuerto, decidieron probar de qué se trataba esto de levantar extraños en el camino. No se arrepintieron, fue la conversación más larga que tuvimos en un auto con alguien que no hablara nuestro idioma y les puedo asegurar que nos reímos mucho.
Los australianos nos contaban – medio avergonzados – que recientemente un político en Australia del Sur, estado en el que vivían, se había visto forzado a renunciar debido a un “escándalo” de corrupción. Las comillas van porque el supuesto escándalo involucraba al susodicho llevándose botellas de vino sin pagarlas. De más está aclarar que les comentamos que en Latinoamérica lo esperamos con los brazos abiertos para que nos roben solo vino y no tantas otras cosas. Cosas graciosas que uno escucha por ahí.

Un poco de acción en la tirolesa.

Un poco de acción en la tirolesa.

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Además de transporte, nuestros nuevos amigos australianos nos regalaron cerveza, y así fue cómo no llegamos a Akaroa con las manos vacías (?) – espero que nuestros amigos no esperaran regalos porque tan solo habíamos pasado dos semanas separados.
En Christchurch compramos un almuerzo para llevar y tomamos un colectivo público hasta el comienzo de la ruta hacia Akaroa. Era cerca de la una de la tarde y teníamos todo el tiempo del mundo para esperar, sabemos que salir de las ciudades puede resultar difícil. En un lapso de media hora conseguimos un auto que nos llevaba hasta mitad de camino, cerca de un pueblo llamado Little River. La conductora era una contadora de unos cuarenta años y su copiloto era su hijita de siete años: era la primera vez que nos subíamos a un auto con niños. Aparentemente no era la primera vez que Milly y su mamá levantaban mochileros y se mostraron muy conversadoras. Nos dejaron en medio de la ruta y, si bien no fue el lugar ideal para hacer dedo, fuimos extremadamente suertudos: el primer auto que pasó paró y otra pareja australiana nos llevó a destino. Esta pareja de Melbourne se encontraba en el país para asistir a un casamiento pero, como el novio se acobardó y dejó plantada a la novia, se vieron obligados a disfrutar sus vacaciones recorriendo diferentes lugares (claramente eran amigos del novio y no tenían la tarea de consolar a nadie). Nos parecieron simpatiquísimos y la señora hasta se bajó del auto para abrazarnos y desearnos buena suerte. Nos pasamos el viaje recomendando actividades para hacer y lugares donde comer en nuestro pequeño volcán-hogar (¿Ya les había contado que Akaroa se encuentra sobre un volcán extinto?).

Akaroa
Nos encontrábamos frente a la casa rosada que había sido nuestro hogar durante el invierno y por supuesto que hicimos una entrada dramática sin siquiera tocar el timbre. Encontramos todo tal cual como lo habíamos dejado, abrazamos a nuestros amigos y organizamos lo que Denise llamó “un domingo peronista”… lo que sea que eso signifique.
Extendimos lo más que pudimos nuestra despedida: llegamos a ver el partido Uruguay-Argentina y justo cuando podíamos festejar la victoria llegó el momento.
Nuestra última noche en Akaroa fue desastrosa: hicimos nuestro ritual de tomar vino y patear conitos de tránsito color naranja (algo que adorna todas las calles de un país que parece vivir en construcción). Pateamos conitos al mar, me subí al longboard de Lucas y me deslicé cual bola de bowling derribando todos los conos de una fila. También repartimos conos por los locales de comida para que los encuentren haciendo fila para desayunar por la mañana. Claramente teníamos nuestra propia forma de divertirnos.

Si hay algo que voy a extrañar de viajar es ese sentimiento de hacer lo que quiero cuando quiero, porque nadie me conoce – además de que nunca hay nadie en las calles de Akaroa a las 2 de la mañana. Probablemente mi estilo de vida difiera mucho del que tenía antes de viajar, ya que si hay algo que te enseña la ruta es a vivir el momento, te da el poder de convertir todos tus días en una ocasión especial. Es simplemente una forma diferente de ver las cosas, algo que hace click en tu cabeza una vez que saliste del circulo vicioso de tu zona de confort.

Foto del cumpleaños de Lucas, una tarde de sol en Chez la Mer.

Foto del cumpleaños de Lucas, una tarde de sol en Chez la Mer.

Torta de cumpleaños hecha por mí :)

Torta de cumpleaños hecha por mí :)

Kaikoura
En un principio teníamos planeado pasar solo una noche en este pueblo/ciudad (nunca puedo diferenciarlos en Nueva Zelanda, para mi 2.000 habitantes representan un pueblo pero en un país de 4 millones de personas la noción de pueblo es completamente diferente), finalmente decidimos quedarnos tres (así de mucho nos terminó gustando).
Kaikoura olía a mar, era tranquilo y tenía el plus de habernos llevado a encontrar el hostel de Mike, un escocés cuyo padre había nacido en Tandil, en la provincia de Buenos Aires (sí, bizarro), que recién comenzaba a manejar el lugar y no tenía ningún otro huésped quedándose esos días. Tener una cocina, un living y básicamente una casa para nosotros solos nos hizo sentir muy bien recibidos y pasamos tardes y noches mirando películas y jugando a las cartas – la vida del viajero no tiene por qué ser emocionante todo el tiempo, hay que saber descansar de vez en cuando.
Compartimos un almuerzo con los amigos de la iglesia de Mike, quienes habían cocinado Yorkshire Puddings y nos convidaron este bocadito típico de Gran Bretaña – junto con carne asada para Fede y verduras al horno para mí.

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Si bien Kaikoura es conocido por ser un importante lugar de avistaje de ballenas, decidimos ahorrarnos la plata del tour y realizar una caminata de unos 5 kilómetros hasta una reserva para visitar lobos marinos: la experiencia fue adorable, había lobos marinos bebés, uno de los adultos se nos quería acercar (aún no sabemos si a pelearnos o a pedirnos comida), todo esto en medio de un paisaje en el que se respiraba la sal del mar y contemplábamos el pueblo a lo lejos.
Este pueblo nos pareció particularmente pintoresco, con un tamaño ideal para quedarse por un buen tiempo – y ya escuchamos que hay mucho trabajo en hospitalidad durante el verano.

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Salir de Akaroa marcó el comienzo de nuestro verdadero regreso a casa, ese hogar que siempre va a estar esperándonos, aquel donde comienza nuevamente nuestra zona de confort – que dicho sea de paso dudo que sea tan cómoda ahora que nos enfrentaremos al choque cultural inverso.
Viajen, salgan de casa y tomen sus propias postales de invierno.

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