Australia, Nueva Gales del Sur

Días eternos en Sydney I

24 mayo, 2015
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Día 1: Quiero ver la Opera
Para llegar a Sydney tomamos un medio de transporte poco convencional: el tren. Si bien el precio del tren y el avión a Sydney normalmente es el mismo había una promoción 2×1 en pasajes de tren que nos abarató el viaje. Además había dos ventajas más:
– El viaje tarda 11 horas que pueden hacerse de noche y uno se ahorra el hotel (no es lo más cómodo para dormir, están advertidos)
– Al tren uno lo toma en el centro de una ciudad (Melbourne) y se baja en el centro de la otra (Sydney). Sin shuttles, taxis, colectivos de por medio.
Así que nos compramos un sushi, cenamos en el tren y cuando asomaba el sol ya estábamos en Sydney, así de fácil (y barato).

Fede tiene el superpoder que más quiero después de volar y teletransportarse: poder leer un mapa y ubicarse en cualquier ciudad. Habiendo pasado una noche de mal sueño y con nuestros hogares móviles (léase mochilas) caminamos unas 20 cuadras hasta la casa en la que habíamos alquilado una habitación por AirBNB (como couchsurfing pero tenés que pagar, te quedás en la casa de alguien local). Nuestra host se llamaba Adele y nunca la conocimos… lo poco que entendemos hasta ahora es que la chica se fue de vacaciones y nos alquiló su pieza, así que estamos durmiendo en la pieza de Adele y viviendo con sus amigos. Pero, de nuevo, son solo suposiciones. Es divertido igual.
Lo bueno de AirBNB es que podés conseguir alojamiento por el precio de la mitad de lo que sale un hostel (en habitación privada) o por el mismo precio que un dorm, con la ventaja de que estamos cerca del centro y compartimos cocina y baño con solo dos personas más (en vez de con veinte). Todavía no nos animamos a hacer couchsurfing, ya veremos si algún día se da.

Por más sueño y cansancio que teníamos (no sé si me expliqué bien en el posteo anterior pero caminamos mucho en Melbourne, muuuucho) le dije a Fede: Llevame a ver la Opera House!
Ya sé: la Opera no es sinónimo de Sydney pero para mucha gente sí y cuando no sabía nada de Australia ese era el lugar al que más quería ir. Cuando salí de la estación y vi Sydney no me emocioné, era igual a Melbourne! Uno no se da cuenta pero pasar tanto tiempo aislada en lugares remotos hace que las ciudades sean todas iguales y no nos provoquen la emoción de estar en un lugar nuevo. Fede también quería ir porque sentía lo mismo que yo. En el camino me iba diciendo: “En Australia te ponen un JB Hi-Fi (casa de electrónica), un Myer, un Commonwealth Bank (…) y es todo repetido, uno al ladito del otro, cambian dos o tres monumentos nomás”
La realidad es que los CBD (Central Business District) son parecidos pero lo que nosotros buscamos, los alrededores, no están muy lejos.
Caminamos hasta el centro en busca de una tarjeta de transporte público mágica que promete llevarnos a todas partes en colectivo, tren o ferry por $65 dólares y es válida por una semana. Como planeamos visitar Manly y Blue Mountains nos viene como anillo al dedo. Cuando por fin la conseguimos totmamos un colectivo que nos acerca un poco hasta el Jardín Botánico de Sydney y empezamos esa caminata mágica cargada de sensaciones de estar en un lugar nuevo. Vemos anguilas (eels) en los lagos del jardín, y una señora se nos acerca muy amablemente para contarnos que hay un búho gigante cerca por si queremos fotografiarlo.

El búho grande que giraba la cabeza 180 grados como si fuera lo más normal del mundo.

El búho grande que giraba la cabeza 180 grados como si fuera lo más normal del mundo.

Peter la anguila en Sydney

Peter la anguila en Sydney

Pajaritos raros

Pajaritos raros

Ver la Opera fue como caer en la cuenta de golpe que estábamos en el principal punto turístico de Australia. Prefiero mil veces los paisajes naturales a las ciudades pero me interesa mucho conocer las ciudades grandes y los monumentos icónicos para poder intentar descubrir cómo llegaron a la fama. Todo tiene una historia, solo hace falta un buen par de ojos para descubrirla.

Pasen y vean la Opera de Sydney :)

Pasen y vean la Opera de Sydney :)

Acá una más de cerca, es tan linda (?)

Acá una más de cerca, es tan linda (?)

Dimos una vuelta por Circular Quay, comimos por ahí (estábamos en modo zombie) y decidimos ir a “cargarnos” a la casa, porque literalmente estábamos sin energía. Aprovechamos la tarde para planear más nuestros días

Día 2: Vivid Sydney, el festival de luces
Caminando por el barrio antiguo de The Rocks, a eso de las cinco de la tarde cuando ya está oscuro en la ciudad me siento en un banquito de una calle perdida (yo nunca sé muy bien dónde estoy) y escribo algunas reflexiones en mi cuaderno. Me pasé la mañana descansando en la casa y después del almuerzo fuimos a hacer trámites al CBD que nos llevaron horas. Me doy cuenta de que vivir viajando es cansador (nota mental: hace una dos semanas que sos nómade, andá pensando en dedicarte a otra cosa). Pero también pienso que el estar afuera y que cada día sea una aventura es algo que nunca me había pasado antes y que me llena de felicidad. Me despierto pensando en que no sé lo que le espera a mi día, porque por mucho que lo planifique la espontaneidad del momento nos lleva a querer ver más o menos de alguna cosa, de cambiar nuestra ruta, de probar algo nuevo.
Fede me apura y salgo de mi nube de pensamiento: El show de luces está por empezar!

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Vivid es un festival de arte al aire libre donde se combinan música, arte visual y tecnología. El resultado son edificios iluminados de colores o con proyecciones cortas de distintas temáticas. Hay puestos callejeros de comidas de todo el mundo y los museos abren hasta tarde, exponiendo muestras acordes a la temática (las luces).
Hay un circuito Vivid para caminar y recorrer obras de arte de diversos autores que son interactivas (uno puede meterse adentro o tocar música, por ejemplo). Y lo mejor del festival es que está descentralizado y ocurre en varias calles a la vez.
Cuando comenzó el show a las 6 de la tarde nos sentamos a ver las secuencias de luces de la Opera desde lejos, cubiertos por mi paraguas porque llovía a cántaros, después nos olvidamos de la lluvia y nos dedicamos a ser guiado por las luces.

Caminando en un pasillo con espejos que reflejaban las luces

Caminando en un pasillo con espejos que reflejaban las luces

Puestos de comida callejera en The Rocks

Puestos de comida callejera en The Rocks

Obra expuesta en el museo de arte contemporáneo

Obra expuesta en el museo de arte contemporáneo

Esta obra se llamaba "Origami" y parecÍa que estaba dentro de un caleidoscopio

Esta obra se llamaba “Origami” y parecÍa que estaba dentro de un caleidoscopio

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Robots luminosos

Robots luminosos

Luces en Martin Place

Luces en Martin Place

Día 3: Manly
Sydney me parece una ciudad de ciudades y cuando me tomé el ferry a Manly sentí que salí un ratito de la locura del CBD para llegar a una locura menor, pero igual cargada de gente. La vista desde el agua era hermosa, lástima que nunca disfruto mucho esas cosas porque los barcos me marean.
Manly tiene una peatonal principal que desemboca en una rambla, y esa rambla me llevó a Torquay (en la Great Ocean Road) por unos segundos: gente corriendo, caminando o paseando al perro, palmeras y surfers.
Paseamos por una feria (que estaba ahí porque era sábado, una agradable sorpresa), por la peatonal y luego por un paseo costero que lleva al Parque Nacional Sydney Harbour. Toda la onda de los negocios es de playa, del estilo cafés con menúes escritos en tablas de surf; pero la gente no está relajada como en Torquay y te chocan o te pisan… quizás eso pasó porque era sábado.
Caminamos con el sol en la cara, observando cómo rompían las olas en las rocas, cómo los surfers aprovechaban las olas grandes, cómo nos acercábamos a la playa.
La península donde se encuentra el parque nacional está toda cubierta de vegetación y emprendimos una caminata entre los arbustos que nos tomó un par de horas. Volviendo en el ferry me sentí contenta, otro día más de caminata y descubrir lugares nuevos.

Vista desde el ferry, la ciudad y los veleros

Vista desde el ferry, la ciudad y los veleros

La peatonal de Manly

La peatonal de Manly

El camino costero

El camino costero

Todo tiene una onda surfer

Todo tiene una onda surfer

y a la vez es muy verde

y a la vez es muy verde

Día 4: Hoy pasaron muchas cosas (parte uno)
Nos despertamos a las 9:30 de la mañana y cuando empiezo a contar las horas que dormirmos me sobresalto “Diez horas chu, dormirmos diez horas!!” (Chu es de Chuchi que es el nombre verdadero de Fede). Nos hacemos unas tostadas a las corridas, nos bañamos y salimos a tomar el colectivo y luego el tren que nos llevaron a Bexley North donde el Consulado Argentino organizó una fiesta por el 25 de Mayo. Imaginense que ayer vieron la Opera de Sydney y hoy están escuchando folclore y gente diciendo “boludo, cómo andás che?” entre el humo del asado que están preparando. Te descoloca. Dimos una vuelta por los puestitos de afuera del complejo y nos entusiasmamos con todo: pastafrolas, biscochitos, yerba, mate cocido, churros, degustación de vinos… viva la patria!

Puestos de comida e información turística

Puestos de comida e información turística

Lista de precios de la comida

Lista de precios de la comida

Un aplauso para el asador (como no me puso unas berenjenas ahí...)

Un aplauso para el asador (como no me puso unas berenjenas ahí…)

Fede hizo la cola para comprar una porción de asado, un choripan y una empanada. Yo pregunté amablemente si me podían vender ensalada y me dijeron que no con cara de culo (eso también pasa en mi país, cierto, no es todo mágico acá). Pero si pensaban que la vegetariana se quedó con hambre se equivocan: me hize una panzada de chipá calentito, pastelitos, pastafrola, churros y hasta me comí una porción de pionono con dulce de leche (ya siento las calorías invadiendo mi cuerpo, pero mi felicidad fue infinita). Lo que más me emocionó fue encontrar mate cocido porque hace rato que lo extraño: me recuerda a las meriendas en casa de mis abuelitos, cuando mi nono me hacía mate cocido con leche y la abu se mandaba alguna que otra cosa dulce. No se puede vivir con los abuelos y ser delgado, pero tampoco se puede ser feliz sin comer cosas ricas.
Las que cocinaban los pastelitos y las empanadas eran unas abuelitas argentinas divinas, y por supuesto que todo les salió riquísimo.
Cantamos el himno, vimos como bailaban tango y chacareras, nos pusimos escarapelas y gritamos un “viva la patria, viva” con la boca llena de comida de nuestro país.

La porción de asado de Fede

La porción de asado de Fede

Al principio pensé que este sanguchito iba a ser mi comida

Al principio pensé que este sanguchito iba a ser mi comida

Después me compré un pastelito de membrillo

Después me compré un pastelito de membrillo

Y después me mandé con todo a comprar chipá, frola y biscochitos... hambre no pasé

Y después me mandé con todo a comprar chipá, frola y biscochitos… hambre no pasé

Fede no puede creer que se está morfando una empanada bien argentina

Fede no puede creer que se está morfando una empanada bien argentina

Cara de: uy que buenos los churros calentitos con dulce de leche.

Cara de: uy que buenos los churros calentitos con dulce de leche.

Cuando nos fuimos (tres horas y 10 kilos después de haber llegado) le conté a Fede lo raro que fue haberme sentido en Argentina sin estar allá. La gente te pedía “permiso” y pasaba con chorizos y morcillas, había personas tomando mate y comiendo alfajores de maicena, se gritaban entre las mesas, muchos se pusieron la camiseta o fueron vestidos con ponchos y sombreros. Qué lindo es mi país, cómo lo extraño.

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Sydney tiene mucho para ver y esto no termina acá, pero siento la necesidad de contar lo que venimos viviendo antes de llenarme de nuevas experiencias, porque estos días se vienen cargados de más aventuras.

Melina

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