Singapur, Sudeste Asiático

Un pequeño cuento en Singapur

18 julio, 2015
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Había una vez…
Changi Airport – 10 de Julio de 2015
Ya me habían contado que el aeropuerto Changi, el único de Singapur, es uno de los mejores del mundo. No solo es moderno, sino que también tiene fama de ser muy hospitalario y recibir con los brazos bien abiertos a los viajeros que buscan un techito bajo el cual dormir a la espera de un vuelo. Yo te puedo contar todo lo que quieras acerca del aeropuerto pero para entender lo lindo que es tenés que venir a verlo. Fui muy feliz de, tras dejar Indonesia, poder encontrar papel higiénico en los baños, inodoros en lugar de letrinas y aire acondicionado; el dinero no compra la felicidad pero prefiero estar triste en este aeropuerto que en el de Yogyakarta, del cual me hecharon porque no se podía dormir ahí (ya están todos avisados).
Singapur no cobra visa ni te advierte de ningún límite de estadía, pero por tu propio bien te pide que no traigas drogas porque pueden causarte la muerte (estar en posesión de drogas se castiga con la pena de muerte en este país).
Para mi mamá que nació en 1960, el futuro que se imaginó a través de tanta lectura de ciencia ficción significaba dos cosas: teléfonos portátiles -lo que hoy conocemos como celulares- que los hay por doquier, y cintas transportadoras en lugar de veredas que puedan llevarnos a cualquier destino -no, mi mamá no es muy fanática de los deportes-. Bueno, te cuento ma que en Singapur no tenés que caminar mucho ni en el aeropuerto, ni en las estaciones de subte, porque tus cintas transportadoras están por todos lados (todavía no en la calle pero no debe faltar mucho). Es más, si te cuento que hay un Skytrain que te lleva de una terminal del aeropuerto a la otra entrás en shock.

Mochilera en Singapur

Mochilera en Singapur

Aquella fascinación por llegar al país más occidental del Sudeste Asiático llegaría muy pronto a su fin: apenas asomamos nuestras cabezas para cambiar de tren una corriente de aire pegajoso y caliente nos volvió a la realidad: estamos demasiado cerca de la línea del ecuador, y el clima tropical en un país de cemento hace que el calor sea aún más agobiante.

Un dato curioso fue que Fede llegó a Singapur en piyama… sí, leyeron bien, el flaquito no tenía muchas ganas de lavar ropa y la única cosa limpia que tenía era la ropa para dormir. Si alguien vio un chico a rayas en el MRT ese era Fede.

Quedamos en encontrarnos con Mark, nuestro host de couchsurfing, a las 2 de la tarde. Como eran las 12.30 buscamos un shopping donde refugiarnos de aquel calor que prometía rostizarnos en pocos minutos. No sabíamos muy bien qué esperar de nuestra estadía en casa de Mark, ya que nos había comentado que estaba tan entusiasmado con este nuevo mundo de couchsurfing que se ofreció a hospedar 5 personas el mismo fin de semana que nosotros iríamos. Nos dijo que sería divertido y la verdad no se equivocó.
Cuando lo encontramos, Mark estaba con Zhenqian (que se pronuncia tsenchian) un chico chino que viajó 10 meses por India y el Sudeste Asiático sin hablar ni entender una palabra de inglés, es decir, solo hablando chino. Todo lo que sabemos de Zhenqian nos lo tradujo Mark, cuya familia es mitad china y por eso es su segunda lengua. Así que con Zhenqian nos llevamos bárbaro pero jamás intercambiamos palabra.

Ciudad multicultural: todos los carteles estan en inglés, chino, malayo y tamil (sur de India)

Ciudad multicultural: todos los carteles estan en inglés, chino, malayo y tamil (sur de India)

Nuestro host insistió en pagarnos un taxi hasta su casa para así dejar las mochilas y salir a recorrer un poco. En el viaje en taxi nos comenta: “cuando lleguemos a mi edificio, traten de no hacer mucho ruido porque mis padres están de viaje y no saben que estoy hospedando toda esta gente, no quiero que se enteren por los vecinos”. Mientras Mark traducía su advertencia al chino, con Fede intercambiamos miradas de preocupación, y si llegan los papás de Mark y nos hechan? Ya estábamos involucrados en la travesura de fin de semana de este chico de 19 años de Singapur, no quedaba otra que seguir el juego.
Al llegar a la casa nos descalzamos y entramos sigilosamente. Grace, la hermana menor de Mark, nos estaba esperando ansiosa de conocer a los nuevos amigos extranjeros que se hospedarían en su casa. La familia de Mark y Grace tiene un semipiso divino, muy lujoso y con espacio de sobra, por suerte durante todo el tiempo que nos alojamos ahí nos sentimos muy cómodos. No hay fotos de la casa de Mark porque no queremos que se difunda su travesura (?).

Le comentamos a Mark que queríamos lavar un poco de ropa a mano o llevarla a una lavandería a lo que nos respondió: “las lavanderías tardan 3 días en lavarla, mejor dejensela a nuestra mucama que para mañana la tiene lista”. Nos dio cosa que la mucama lavara nuestra ropa así que enjuagamos algunas prendas a mano y salimos a buscar un lugar donde almorzar.

Complejo de Marina Bay Sands

Complejo de Marina Bay Sands

Volvimos a Changi, no porque nos encante sino porque ibamos a recibir a una pareja de checos que también iban a alojarse en casa de Mark. Ivana y Adam estaban super abrigados así que fueron con nuestro anfitrión a cambiarse a su casa y dejar las valijas… adivinen con quién nos quedamos nosotros. Zhenqian y los viajeros pasaron media hora viajando en subte sin hablar, buscando el lugar donde encontraríamos a otro traductor, amigo de Mark.
Cuando conocimos a Wilson no le entendimos una palabra, los singapurenses en sí hablan un inglés con acento muy asiático pero este chico no sabía modular muy bien así que nuestros intentos de comunicación murieron ahí y estuvimos paseando en un mercado muy adornado con el motivo de los 50 años de Singapur como país.

Perdidos en el mapa: en algún lugar de Singapur vimos muchos festejos.

Perdidos en el mapa: en algún lugar de Singapur vimos muchos festejos.

Cambio de planes: hay un show de aguas danzantes en la otra punta del país, Mark quiere encontrarnos allá. Tres subtes distintos nos dejan en Marina Bay Sands donde nos sentamos a compartir unos snacks y ice tea. Crecimos con las aguas danzantes de Mar del Plata -en la Costa Atlántica Argentina- pero estas superaron nuestras expectativas: imágenes proyectadas en el agua contando una historia, música y un panorama de la ciudad de noche que confundía nuestra vista, todo era hermoso.

El grupo de desconocidos se adaptó perfectamente bien: conocimos un poco de la vida de todos -con o sin traductor de por medio-, compartimos la tarde-noche juntos y arreglamos para seguir recorriendo Singapur con la ayuda de Mark y Wilson, que estaban super emocionados de guiar extranjeros por su ciudad.

Show de luces en el agua.

Show de luces en el agua.

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Esto es lo que amo de couchsurfing: hacer amigos de todo el mundo.

Esto es lo que amo de couchsurfing: hacer amigos de todo el mundo.


Casa de Mark (mamá de Mark, si llegó a mi blog de casualidad esto no es lo que parece) – 11 de Julio de 2015
“Voy a llevarlos a comer un desayuno típico de Singapur” Mark dice y nosotros seguimos. Coordinar al equipo no es fácil: hay dos mujeres que nos queremos poner lo más lindas posibles en este clima tropical, no hay que hacer ruido, el chino sigue durmiendo, somos un poco desordenados. Viajar en grupo así me parece fantástico, le dio un toque único a este destino. No estamos todo el día mirando edificios modernos que alguna vez vimos en televisión, estamos viviendo un fin de semana como lo harían personas de nuestra edad en un país al otro lado del mundo. Me encanta la sensación de hacer que tenemos “vida normal” cuando todo nos fascina.
Le comentaba a Mark que debía ser muy gracioso para él ver nuestras caras de bebés sorprendidos ante el mundo, porque cosa nueva que nos muestra nos deja impresionados. Mark me contesta “Yo estoy muy entusiasmado con esto de alojarnos, me doy cuenta que yo mismo no disfruto de lo que ofrece mi ciudad. Ver Singapur con ustedes hace que yo también me sorprenda”.
Con Mark conectamos mucho, le encanta conversar y es un viajero en potencia con ganas de recorrer el mundo. Nos encantó cuando comentó con entusiasmo “son los primeros argentinos que conozco”.
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Café lleno de azúcar, sanguche de pan con un relleno dulce y huevos semi hervidos, así desayuna Singapur.

Café lleno de azúcar, sanguche de pan con un relleno dulce y huevos semi hervidos, así desayuna Singapur.

Fede no pudo terminarse su huevo semi crudo (como verán eso no tiene nada de semi hervido), yo los tomé de un sorbo como Mark y la palabra para describirlo es distinto. Zhenqian se comió unos noodles con carne y salió contento; Ivana y yo extrañábamos las cosas dulces, se ve que en Praga el desayuno es un poco más familiar para nosotros.

Chinatown: explosión de colores, puestos callejeros, olor a comida y mucho movimiento. Nos perdimos encandilados por los colores de los souvenirs, la ropa y las artesanías; volvimos a encontrarnos todos con bolsitas de nuestro mini momento de shopping. Mark nos lleva por un snack: helado con pan (un pan verdoso pero aparentemente en buen estado). Nos descalzamos y entramos a Sri Mariamman, el templo hindú más antiguo del país.

China e India pueden mezclarse en una misma calle.

China e India pueden mezclarse en una misma calle.

Mark y yo con nuestro helado en pan.

Mark y yo con nuestro helado en pan.

Intentamos visitar el Jardín Botánico pero el calor nos obligaba a parar cada pocos pasos. Hay un escenario al aire libre cerca de un lago con distintos peces de colores. Se respira un leve aire a naturaleza pero detrás de cada árbol hay dos edificios y cada paso que damos nos hace perder un litro de agua. Mark nos pide disculpas: “en Singapur estamos acostumbrados al calor por eso no lo noto, no se preocupen ahora los llevo a otro lado”. Le decimos que no hay apuro pero insiste en llevarnos a comer.

El escenario del Jardín Botánico.

El escenario del Jardín Botánico.

Puestuchos desconocidos de comida = bueno, bonito y barato. Comimos hasta quedar pipones (así defino yo al estado en el que uno está llenito y la panza se le vuelve redondita), pero nuestro anfitrión nos quiso comprar postre: una gelatina de color negro con “juguito” y un vaso de leche de soja. La gelatina no nos gustó ni un poquito pero la comimos por buena educación. Además yo siempre tiro comentarios inadecuados como lo que le comenté a Adam:
– Te gustó esa gelatina? Nosotros no la pudimos terminar!
– Sí, me gustó mucho (?)

Prometen comida? allá vamos!

Prometen comida? allá vamos!

Hay que ponerle onda a la gelatina

Hay que ponerle onda a la gelatina

Hicimos una votación para decidir el próximo destino y ganó Sentosa Island. Mark quería que fueramos en teleférico pero al ver los precios le comentamos que preferíamos caminar y medio como que me arrepentí, el calor era insoportable. Otra vez las cintas transportadoras primer mundo ayudaron un poco a la causa y pudimos llegar vivos -aunque deshidratados-. En Sentosa Island no respiramos de lo caro que salía todo: hay un Universal Studios, un hotel cinco estrellas que tiene su propio shopping y un casino enorme. Tienen hasta fines de Diciembre de este año para entrar a mirar gratis, después van a cobrar entrada.
Queríamos ir a ver el casino así que Mark nos llevó, pero antes de entrar nos dijo que esperaba afuera: “para desalentar el juego en el país los sinapurenses tenemos que pagar una entrada de 100 dólares si queremos ir a un casino”. A Fede no lo dejaron entrar por la mochila así que se quedó con Mark y Adam… nunca sabemos dónde se metía así que solo entramos Ivana, Zhenqian y yo. Apenas me distraje perdí de vista a nuestro amigo chino así que me quedé sola con Ivana, con quien me tomé unos ice tea gratis mientras paseábamos.
15 minutos después salimos nosotras. 30 minutos tuvimos que esperar a Zhenqian: había estado apostando y perdió 200 dólares (?) Con Ivana comenzamos a preguntarnos si no estaba haciendo Couchsurfing para gastarse la plata en el casino.

Un día genial termina en un lugar de la misma categorìa: Gardens By the Bay. Con sus “árboles inteligentes” alimentados por energía solar, iluminan el parque y asombran a cientos de espectadores. Caminamos entre ellos, los observamos detenidamente, nuestras miradas se perdieron con sus juegos de luces. Ninguno quería que el día terminara, porque formaba parte de esos días eternos que uno tiene cuando viaja, no tienen comienzo ni fin, simplemente una lista interminable de momentos vividos que parecen haber durado en conjunto mucho más que 24 horas. Mark solo podía alojarnos dos noches ya que debía volver a cumplir con su servicio militar obligatorio, pero siempre se mantuvo muy positivo en volver a vernos: quiere recorrer el mundo, tal como lo queremos todos nosotros.

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